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LA MALDICIÓN DEL SUBMARINO UB-65

Los mares y océanos del planeta concentran un gran número de misterios, algunos de su propia naturaleza como saber que se oculta en las profundidades inaccesibles hoy para el ser humano y otros, los que se producen en su espacio, ya sea sobre su cielo, como los aviones que han desaparecido en el triángulo de las Bermudas, en superficie, desapariciones y apariciones inexplicables de todo tipo de navíos o bajo sus aguas, cuyo fondo seguramente albergue las respuestas a tantos misterios.

A este respecto, esta semana se dio a conocer un extraño suceso que afectó a un submarino de la armada Argentina. El 17-11-2017 fue el último día que hubo contacto con el submarino ARA San Juan. Las autoridades no han sido transparentes en sus informaciones y hasta una semana más tarde, no han comunicado que aquel día, parece que se produjo una explosión en el navío, dando a sus 44 tripulantes por muertos.

Esta tragedia nos recuerda a la del  K-141 Kursk, un submarino nuclear de la Armada Rusa que desapareció el 12 de agosto del año  2000 en el mar de Barens, tras registrarse varias explosiones algunas de ellas de gran potencia. En el incidente fallecieron sus 118 tripulantes y las verdaderas causas de este terrible suceso, siguen siendo un misterio.

Pero si este tipo de tragedias ocurren siempre en torno a circunstancias misteriosas, la historia del buque alemán UB-65 escapa a todo tipo de razonamiento lógico y más, cuando el destino de su tripulación, fue idéntico al de los mencionados anteriormente.

El submarino UB-65 nació siendo un buque maldito ya que durante su construcción, en el año 1915, fallecieron 5 trabajadores. Dos hombres perdieron la vida al desprenderse una plancha metálica que iba a ser colocada formando parte del casco. Otros tres hombres fallecieron a consecuencia de las emanaciones de gas producidas en la sala de máquinas.

Durante el primer día de su navegación, un oficial que realizaba una inspección rutinaria, caminó de forma extraña a lo largo de su casco hasta desaparecer en las aguas del mar. Un año después de su construcción, un daño en las baterías hizo que el aparato permaneciese sumergido durante quince agonizantes horas. Otro día, cuando el navío se encontraba cerca de Brujas (Bélgica) un torpedo se incendió cuando era trasladado a uno de los tubos  de disparo matando al Primer Teniente. A partir de entonces la tripulación comenzó a sentir miedo, considerando al buque maldito.

El almirante Ludwing von Shroder decidió entonces enviar el UB-65 a unos astilleros para someterlo a una exhaustiva revisión. Durante el proceso de revisión se concedió licencia a la tripulación, dejando a bordo a un hombre encargado de la vigilancia. Ese mismo día, por la noche, el vigilante se precipitó en el camerino del capitán gritando ¡Lo vi! ¡Lo vi! Es el fantasma del primer teniente, estaba en la proa de pie, cruzado de brazos y sonriendo!!

El Alto Mando Aleman oculto aquel incidente interpretándolo como una alucinación debido al agotamiento y el estrés de las batallas libradas. Así, finalizada la reparación, el submarino se puso nuevamente de servicio.

Todo parecía ir bien, en los días posteriores el buque realizó varias maniobras llegando incluso a torpedear y hundir un barco enemigo, sin embargo, una mañana de aquel mes de septiembre de 1916, tras toda la noche realizando maniobras en Dover Straits, el buque se dispuso a salir a la superficie para recargar las baterías cuando el capitán, situado tras la lente del periscopio, pudo ver con pasmosa claridad la silueta de un hombre que permanecía inmóvil en la proa cruzado de brazos y con una macabra sonrisa. Otros dos vigías que estaban junto al capitán pudieron ver también la espeluznante aparición al tiempo que uno de ellos gritó, ¡Ha regresado! ¡Está ahí, cruzado de brazos, como dijo Peterson!

El capitán, consciente de que debía hacer algo para que la tripulación no entrase en pánico, ascendió por la escalerilla y abrió la escotilla gritando, ¡Eh tú! La figura, que tenía los rasgos del primer teniente muerto se volvió lentamente hacia el capitán. Este se apresuró a cerrar la escotilla dando orden de inmediata inmersión. Mientras el buque se sumergía, un silencio sepulcral reinaba en el interior del navío. El capitán observó atónito como aquel ser permanecía inmóvil sobre la proa incluso bajo el agua y seguidamente, una tenebrosa risa, recorrió el interior del UB-65 minando la moral de toda la tripulación.

Con una tripulación aterrada, el buque puso rumbo a la base a toda máquina. A su llegada al puerto de Brujas, las tropas aliadas estaban llevando a cabo un bombardeo y un proyectil alcanzó la escotilla del UB-65 matando al capitán. El Alto Mando Alemán tomó cartas en el asunto y tras dar licencia a la tripulación, hizo llamar a un sacerdote para que llevase a cabo una ceremonia de exorcismo con la intención de echar al fantasma. Cuando se solicitó la reincorporación de la tripulación, muchos hombres solicitaron el cambio a otro barco. Petición que fue denegada. Otros directamente se negaron a reincorporarse y fueron encerrados en prisión por lo que hubo de disponer de una nueva tripulación para el submarino maldito.

Así, con una tripulación renovada, el buque se puso nuevamente de servicio. En Mayo de 1918, faenando cerca del Cabo de Finisterre, un artillero enloqueció repentinamente y se suicidó. Un ingeniero murió durante la noche debido a las altas temperaturas registradas en el interior de su camerino. A la mañana siguiente, cuando el buque salió a superficie otro hombre abrió la escotilla arrojándose al mar. Aquellos tres hombres habían asegurado ver al temido fantasma.

Finalmente, en julio de aquel año, el navío fue enviado a la costa irlandesa en busca de convoyes enemigos. El día 10 de aquel mes el submarino norteamericano L-2 localizó en el horizonte un submarino en superficie que parecía navegar a la deriva. Era el UB-65. El submarino norteamericano decidió acercarse lentamente sin registrar ningún tipo de señal de vida. Desconcertada, la tripulación del navío norteamericano se dispuso a torpedear al buque enemigo pero antes de poder disparar su primera carga, se produjo una violenta explosión partiendo en dos el submarino alemán.

Antes de que los restos del UB-65 se sumergieran definitivamente bajo las aguas, el capitán norteamericano junto a dos oficiales pudieron observar atónitos,  la figura de un hombre que permanecía inmóvil sobre los restos de la proa. Aquella figura, cruzada de brazos, sonreía.

 

 

 

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