La Casa Encantada de José Zorrilla

La Casa Encantada de José Zorrilla

18 noviembre, 2018 0 Por Juan Carlos

Tener la oportunidad de visitar una casa encantada “real” no es algo que pueda hacerse todos los días. Que la casa en cuestión sea, además, el antiguo inmueble que sirvió de vivienda a un personaje ilustre de nuestra historia es algo que parecería estar al alcance de muy pocos, no obstante, esta es la propuesta que ha llevado a cabo el investigador y escritor Ángel del Pozo de Pablos en la Casa Museo José Zorrilla en Valladolid, una visita guiada y teatralizada enmarcada bajo el título La Casa Encantada de José Zorrilla, en la que un actor, mimetizado como el ilustre poeta, nos guía a través de un intenso y emocionante recorrido por las diferentes estancias de la casa, a la vez que nos relata las vivencias de carácter paranormal, experimentadas en dicho lugar por José Zorrilla cuando este era tan solo un niño, así como las diferentes capacidades esotéricas que el poeta demostró poseer a lo largo de su vida. Por si esto no fuera suficiente, podremos escuchar los testimonios de diferentes personas que trabajan o han trabajado en el museo, relatando los extraños sucesos que a día de hoy, se siguen dando en el lugar.

JOSÉ ZORRILLA

José Zorrilla y Moral fue un poeta y dramaturgo español, hijo de José Zorrilla Caballero y Nicomedes Moral, que nació en Valladolid el 21 de febrero de 1817 en la única casa levantada por aquel entonces en la Calle de la Ceniza (hoy Calle Fray Luis de Granada), situada en una zona llamada “Barrio del Palacio”. La casa en cuestión era parte de la casa-palacio de Manuel María de la Gasca, Marqués de Revilla, quien había restaurado la casa adosada a su morada teniéndosela arrendada al señor Don José Zorrilla Caballero, padre del célebre poeta.

En su nacimiento encontramos los primeros acontecimientos extraordinarios en la vida del poeta. Tres días antes de su nacimiento Valladolid fue sacudida por un terremoto, cuyo epicentro se situaba en las localidades de Arnedo y Préjano, sintiéndose este en todo el norte del país y parte del sur de Francia. Nació siendo sietemesino, tras lo cual su padre mandó que se le administrasen los Santos Sacramentos, ya que un nacimiento de este tipo en aquella época no albergaba apenas esperanza de supervivencia. El joven Zorrilla no solo se sobrepuso a su prematuro nacimiento, sino que además falleció a los 75 años, superando con mucho la esperanza de vida para los hombres del siglo XIX. Existe además una leyenda, que cuenta que un pájaro de grandes dimensiones y de colorido plumaje se posó sobre los muros de la casona en la mañana del alumbramiento de Zorrilla y que la gente interpretó aquello como un signo de buen augurio.

Habitacion donde nació José Zorrilla

José Zorrilla pasó los primeros siete años de su vida en esta casa donde aparentemente tuvo una infancia feliz, y donde, por otra parte, tuvieron lugar los primeros sucesos de carácter extraordinario en la vida del poeta.

Una fría mañana de invierno, en la que la espesa niebla tan famosa en la capital castellana dejaba reducido el campo de visión a un puñado de metros, el joven Zorrila se asomó al balcón de la sala principal de la vivienda, alertado por el estruendo causado por los cascos de un caballo que caminaba a trote por la empedrada callejuela. Un jinete a lomos de un poderoso corcel blanco se detuvo bajo la balconada. El caballero apartó su sombrero y descubrió su rostro lanzando una mirada sonriente al muchacho, quien, con gran asombro, lo identificó al instante como el demonio, aquel que tantas veces había visto representado en la iglesia de San Martín bajo la lanza del Arcángel Miguel, cuando acompañaba a su madre a realizar sus rezos diarios. El joven muchacho salió corriendo como alma que lleva el “diablo” a contar a sus sirvientas Dorotea y Bibiana y a su madre lo que acababa de ver.

El episodio sobrenatural más famoso en la vida de Zorrilla tuvo lugar también en su niñez, en el interior de la casa donde nació. Un hecho que el propio Zorrilla narró en su libro “Recuerdos del Tiempo Viejo”. Una tarde, en la hora de la siesta, mientras su padre descansaba y su madre charlaba con las sirvientas en el salon, se dió cuenta de que la puerta de la pequeña alcoba, que se situaba al final de un estrecho corredor frente a la escalera principal y que siempre permanecía cerrada, estaba entreabierta. La curiosidad le hizo penetrar en la pequeña habitación que se encontraba en penumbra, donde pudo observar a una mujer de avanzada edad y cabello empolvado, ataviada con una ancha falda de color verde,  encajes en los puños y totalmente desconocida para él, que permanecía sentada en un sillón junto a la ventana. Aquella mujer esbozó una cariñosa y melancólica sonrisa al muchacho, a la vez que le hacía señas con la mano para que se acercarse a ella. El muchacho se aproximó a la extraña mujer sin temor alguno y alargó su brazo derecho de forma que su mano paso entre las dos arrugadas manos de la anciana, quien, con una voz suave y enternecedora le dijo; “yo soy tu abuelita, quiéreme mucho, hijo mío, y dios te iluminará”. El inocente muchacho salió de la pequeña alcoba y entró en el salón donde se encontraba su madre y con gran alegría espetó ¡Mamá, ahí está la abuelita!.

Claro que todo esto podría no ser más que una mala pasada de la imaginación de un inocente niño, cuya mente empezaba a dar muestras de la creatividad imaginativa que le llevó a ser quien fue, pero lo cierto es que, unos años más tarde, encontrándose en la residencia de Torquemada a la que se habían mudado, pasó algo realmente inquietante, así lo contaba él mismo Zorrilla en su autobiografía:

«En 1833, (…) fuí a Torquemada a reunirme con mi padre (…). Allí, una tarde, rebuscando entre viejos objetos familiares (…) tiré yo de una maraña de lienzos, manojos y restos de polvorientos trastos y di entre ellos con un lienzo sin marco, cuya pintura no se distinguía bajo una capa de polvo y telarañas. Mientras mi padre quitaba las de unos libros en pergamino que a las manos le habían caído, limpie yo aquel lienzo con un trapo mojado, que fuí a traer de la cocina y al descubrir el retrato que en él había pintado, exclamé:

«¡El retrato de la abuela Nicolasa!»

Volvióse mi padre, miró el retrato y me dijo con extrañeza: ¿Pues de qué la conoces tú, si jamás la has visto?¿No se acuerda usted, contesté yo, que siendo muy niño, vi una señora que me dijo que era mi abuela, en el aposento cerrado de la antesala de nuestra casa de la calle de la Ceniza? ¿Y era esa? exclamó con asombro mi padre. La misma: tengo su imagen grabada en las pupilas, respondí. No lo entiendo dijo mi padre, volviendo a ocuparse de sus pergaminos, no sé si con verdadera indiferencia o para ocultarme la expresión de su semblante.>>

Alcoba donde José Zorrilla dijo ver a su abuela fallecida.

La familia se trasladó a Burgos primero y a Sevilla después, para finalizar instalándose en Madrid cuando el pequeño Zorrilla tenía 9 años. Al tiempo, su padre le envió a Toledo para que estudiara derecho en la Real Universidad de Toledo, bajo la vigilancia de un pariente canónigo en cuya casa se hospedaba. No obstante, el estudio de las leyes se le hacía pesado y los libros se le caían de las manos, en favor de textos de literatura de grandes autores de la época como Alejandro Dumas, el Duque de Rivas, Victor Hugo o Espronceda, cuyos libros devoraba con avidez.

El joven poeta volvió a instalarse en Madrid en 1837, donde comenzó a dedicarse de pleno a la literatura, publicando sus primeros poemas. Ese mismo año, tras el fallecimiento de Mariano José de Larra, José Zorrilla improvisa un poema para honrar su memoria causando una gran impresión, de tal forma que se granjeó la amistad de ilustres como José de Espronceda y consagrándose además como poeta de renombre.

No obstante, y a pesar de lo que pudiera parecer, la vida de Zorrilla no fue fácil ya que pasó penurias económicas en varias etapas de su vida y vivió atormentado porque su padre, hombre este bastante temperamental, renegó de él al no querer estudiar derecho y dedicarse a lo que tenía pensado para él. El rechazo de su padre llegó a ser tal, que dió orden de que no se le permitiese a su hijo acudir ni a su funeral.

Su debilidad sin duda fueron las mujeres. Hombre mocero, José Zorrilla fue todo un Don Juan, como el protagonista de su obra más famosa Don Juan Tenorio, en la que quizá reflejase parte de su ser. De joven ya tuvo un romance con una de sus primas, tuvo dos esposas y varios amoríos en París, Londres y México, lugares en los que también pasó parte de su vida y en los que se llegó a relacionar con Dumas, George Sand, Gautier, Dumas o Victor Hugo entre otros.

A lo largo de su carrera y de su vida en general, José Zorrilla se mantuvo rodeado de sucesos y capacidades extraordinarias, rozando lo paranormal. En efecto, tal y como él dejó escrito, era sonámbulo y quizá ese estado de sonambulismo pudo ser parte de su gran éxito literario. El poeta se pasaba largas horas trabajando en su escritorio y al finalizar la jornada, marcaba a pie de página el lugar donde había interrumpido el texto. En muchas ocasiones, al retomar el trabajo al día siguiente, comprobaba incrédulo cómo el texto había continuado desde su marca varias páginas adelante, llegando en ocasiones a finalizar capítulos en los que estaba trabajando. Todo ello, realizado sin duda alguna de su puño y letra.

También parecía poseer capacidades precognitivas y en una ocasión, en la que una mujer le insistió para que hiciese de vidente, llegó a predecir un trágico suceso en la vida de una persona cercana a ella, dejando a la dama visiblemente aturdida. José Zorrilla fue capaz. también, de presentir la muerte de seres cercanos al menos en dos ocasiones, al rompersele por dos veces consecutivas el espejo de su neceser. Estos son sólo algunos ejemplos de los sucesos de carácter extraordinario que acontecían en el día a día de la vida del poeta y que demuestran, que José Zorrilla vivió con una incesante actividad inexplicable alrededor suyo.

José Zorrilla regresó a España en el año 1866 tras una estancia de 11 años en México. Su larga carrera dejó para el recuerdo una obra literaria que alberga más de una veintena de títulos de todos los estilos, siendo la más famosa, la obra dramática Don Juan Tenorio. Curiosamente, todas estas obras están repletas de muertes, traiciones, desastres, apariciones fantasmales, conjuros y evocaciones, reflejo de una vida plagada de anomalías que le sirvieron de inspiración a la hora de escribir. José Zorrilla obtuvo numerosos honores, fue miembro de la Academia Española, Cronista Oficial de Valladolid y en 1889 llegó a recibir en Granada la corona laureada que le proclamaba como poeta nacional, corona que puede verse hoy en su casa-museo.

El célebre poeta murió en Madrid el 23 de enero de 1893 tras una intervención quirúrgica para extraerle un tumor cerebral. Su multitudinario entierro fue un gran homenaje a su figura y su cuerpo fue depositado en el cementerio de San Justo en Madrid. Unos años más tarde, en 1896, los restos del afamado poeta fueron trasladados a Valladolid para cumplir así con su última voluntad, reposando hoy en el Panteón de Vallisoletanos Ilustres del Cementerio del Carmen.

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LA CASA ENCANTADA

En el año 1917 el ayuntamiento de Valladolid adquirió la casa natal de José Zorrilla para honrar su memoria, transformándola en casa-museo. En ella se depositaron un sinfín de objetos pertenecientes al poeta donados por su viuda, así como la biblioteca del estudioso de su figura D. Narciso Alonso Cortés.

Busto de Narciso Alonso Cortes.

Según indica el propio Narciso Alonso Cortés, esta era una de las mejores casas de la ciudad, con planta baja y principal, compartiendo con la casa-palacio de los Revilla de un hermoso y espacioso jardín. La situación de la casa quedaba enmarcada por la torre de San Martín, los muros del convento de San Pablo -que por aquel entonces estaba habitado por los frailes dominicos- y por la cercanía del colegio de San Gregorio.

Hoy, en la fachada de la casa es visible una placa conmemorativa colocada en el año 1895 con el busto del poeta y una inscripción que hace mención a su nacimiento en aquel lugar, obra del escultor Pastor Valsero.

Entre la gran cantidad de objetos que decoran la casa, cabe destacar el escritorio del poeta con algunos de sus utensilios, así como su máscara mortuoria, sin duda un objeto de lo más macabro, realizado con un molde que obtuvo de su rostro el escultor Aurelio Rodríguez-Vicente Carretero y que sirvió posteriormente para realizar la talla del poeta que se encuentra hoy en la plaza vallisoletana que lleva su nombre.

Como museo que es, la casa puede visitarse durante todo el año de forma guiada y sorprendentemente gratuita, de martes a sábado de 10 a 14 y de 17 a 20 horas. Los domingos y festivos la visita solo se hace por las mañanas. También está disponible la opción de la visita teatralizada de la mano de Ángel del Pozo de Pablos, La Casa Encantada de José Zorrilla, cuyo pase se realiza los sábados a partir de las 20:15.

No obstante, y al margen de lo que pudieran parecer leyendas del pasado, la casa sigue manteniendo una actividad inusual y muchas de las personas que han trabajado en su interior han dado testimonio de ello. Luces que se encienden y se apagan, puertas y cajones que se abren de forma inexplicable, objetos que se desplazan de su lugar de reposo y así un largo etc…

Ángela Hernández, quien fuera regente del museo durante tres largas décadas, tenía bien asimilado que Doña Nicolasa, la abuela de Zorrilla, permanecía deambulando por el interior de la casa cuya presencia ya era habitual para los trabajadores del museo, hasta el punto de verse obligados a reabrir la pequeña alcoba donde Zorrilla tuvo su encuentro, al haberse retirado esta del circuito de visitas. Así lo contaba la propia Ángela Hernández:

«El arquitecto decidió que la habitación llamada “de huéspedes” se quitase del circuito de visitas. Se desvistió la estancia y se clausuró la habitación. Y entonces comenzaron a ocurrir cosas; los proyectores se ponían en marcha solos, las luces se apagaban y se encendían autónomamente, desaparecían cosas, se abrían cajones solos, se rajaban las lunas de los espejos… Lo achacamos a que en ese dormitorio había vivido una temporada la abuela paterna de Zorrilla, doña Nicolasa, cuyo “fantasma” ya habitaba en la casa en tiempos de Zorrilla (tal y como refieren sus memorias). Así que entendimos que estaba “enfadada” y volvimos a poner la habitación en el circuito»,

 

Más sorprendente es si cabe, el testimonio de uno de los trabajadores que intervino en la restauración del edificio. Un día mientras se encontraba realizando un agujero con un taladro, recibió una pedrada que le originó una herida en la cabeza. Lo sorprendente es que aquella mañana, en la que se estaban dando los últimos retoques a las obras, él se encontraba solo en en interior de la casa. Este testimonio fue recogido por Ángel del Pozo quien señalaba además, que aquel operario, bien como prueba del delito o como recuerdo, sigue conservando la piedra que le golpeó.

Una curiosidad más. En mi visita, aunque yo no pude constatar ningún acontecimiento extraordinario  -a parte de la gran puesta en escena- me llamó poderosamente la atención un cuadro instalado en la pared del salon, la misma estancia donde se encuentra el balcón donde José Zorrilla dijo ver la figura del diablo a lomos de un caballo. Se trata de un lienzo en oleo de Gabriel Osmundo Gómez (1856-1915) pintor cubano de padres vallisoletanos, que el artista pintó en el año 1885 inspirado en la poesía del propio Zorrilla titulada Recuerdos de Valladolid. La escena representa un hombre moribundo ahogándose en el río mientras le merodea lo que parece ser un cuervo, a la vez que otro personaje -desconozco quien es, pero posee un gran parecido a San Antonio Abad- le alarga su mano con intención aparente de ayudarlo. Sin duda, la imagen es perturbadora y no acabo de entender muy bien que parte del poema de Zorrilla le inspiró a dibujar tal cosa. Quizá Osmundo fue capaz de intuir en aquellos versos las inquietudes que atormentaban a José Zorrilla desde su niñez, plasmandolas en el cuadro como un hombre agonizante sobre el agua, al que le acecha un cuervo capaz de sacarle los ojos. Entonces sería el propio José Zorrilla -y parecido no le falta- el que aparece tumbado sobre el agua.